Rafa Muro

«EL COLOR QUE RESPIRO»

Del 2 de diciembre al 20 de enero 2023

 

Silencio

Equilibrio de luz /en el sosiego. /Mínima tromba. /Ensoñación. Quietud. /

Todo: / Un espacio sin voz / Hacia lo hondo oculto.

Jaime Siles. “Cenotafio”

 

En un mundo tan vertiginoso como el que vivimos, posturas estéticas como la de Rafael Muro se convierten en necesarios actos de resistencia romántica y subversiva. Día a día, se retira a su estudio a pintar durante innumerables horas. Como un artesano, intenta domar la materia en el trabajo intensivo en el taller, que se convierte tanto en un lugar de meditación como en un auténtico laboratorio alquímico en el que trabaja con los diferentes pigmentos, las densidades, los tonos cromáticos… y sobre todo con el tiempo, que actúa convirtiéndose en un artífice más, marcando el ritmo sin clemencia.

Pintar es un diálogo profundo entre el artista con sus deseos y la materia que impone sus condiciones. Lo que surge en el cuadro acaba siendo un equilibrio entre ambos. De vuelta a casa, el artista es consciente a veces de que no consiguió lo buscado. Otras, sin embargo, su corazón palpita más rápido porque se dio el maravilloso hallazgo: lo que se plasmó en el lienzo funciona y contiene verdad.

En el arte abstracto no es fácil enmascarar la práctica pictórica. No hay una narrativa que pueda despistar de lo que verdaderamente sucede en el cuadro: la distribución del pigmento, las texturas, los contrastes, el color y sus encuentros, el ritmo, la composición -cuanto menos se parezca a algo reconocible, mejor. El espectador solo cuenta con “la vida interior del cuadro y su efecto sobre la sensibilidad” (Kandinsky). Se da entonces una búsqueda de esencia desnuda del medio pictórico que tiene mucho que ver con la búsqueda de lo trascendente, de lo profundo e inmarcesible.

Esta característica se acentúa en el caso de Muro, pues hay en sus obras una drástica y meditada reducción de parámetros. En el caso de su paleta, esta queda casi reducida al amarillo -con muchos matices- y al azul oscuro. Estos colores se convierten en símbolos de luz y oscuridad, y a su vez se vuelven metáfora de opuestos eternos como la forma y el fondo, la noche y el sol, la pesadez y la alegría, lo hondo y lo que atraviesa o la iluminación y el obscurantismo, hasta enlazar con lo místico.

En cuanto a las formas con las que juega son desde hace años muy reconocibles, forman ya parte de un estilo muy personal que le caracteriza. No es necesario cambiar si el objetivo es profundizar en la búsqueda. Lo que se representa podría hacer  referencia a lo macro del universo, léase planetas, formaciones cósmicas, galaxias… o a lo microscópico, pues recuerda a motivos orgánicos, biomorfos, protozoicos, celulares… Incluso troncos o seres abisales…

Sin embargo, las similitudes con la realidad son lo suficiente vagas como para que nos hagan pensar más allá y nos proporcionen la posibilidad de la poesía. Pues si el arte abstracto nos remite a algo, es a la poesía, a la música y a la filosofía, siempre desde la emoción estética. Esa es su gran virtud.

Hoy que cambia todo tan rápido, hay algo de heroico en la búsqueda concienzuda en el mismo lugar, en los mismos motivos, en los mismos colores; pues la repetición absoluta en la pintura de verdad no existe y la perseverancia genera aprendizajes y hermosas sorpresas. Cada cuadro es un campo de experimentación.

La magia de los lienzos de Rafael Muro, una vez recibida la impresión general, está en acercarse y descubrir las asombrosas regiones de esos microscópicos paisajes formados por texturas planas, craquelados, deslizamientos, veladuras, claroscuros y yuxtaposiciones. El pigmento combinándose, atravesando el tiempo de los secados en el proceso, tolerándose, haciéndose todo uno para conseguir la imagen.

En una de las piezas de El color que respiro, hay un pentimiento que bien ilustra lo caprichoso de la pintura y lo que sucede en estos cuadros. En una de las zonas del plano, había surgido un pequeño paisaje, una especie de camino que se adentraba hacia el fondo entre dos montañas. El artista asegura que no hubo manera de que se quedara y tuvo que ocultarlo tras una capa de pintura. Y es que quizás, cuando hablamos de la visión y la capacidad del arte para evocar, los paisajes más poderosos aparecen cuando cerramos los ojos.

 

Lidia Gil