Juanjo Viota

“Fuera de Órbita”

Del 10 de abril al 10 de junio del 2015

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La renovación cognitiva en el arte de J. Viota

Diversas son las formas en que el genio creador se enfrenta a lo circundante para construirlo y reconstruirlo, pero sólo hay una para obrar al modo en que Ortega sugiere que opera el artista auténtico, porque para el filósofo el hombre que trae un nuevo estilo, el hombre que es un estilo, engrandece siempre la realidad.

Y es que consideraciones como estas planean en la mente del observador a la vista de la última propuesta expositiva de Juanjo Viota (Santander, 1964) en la galería Espacio Creativo Alexandra, con Alexandra G. Núñez a la cabeza. Con el nombre de FUERA DE ÓRBITA, la pincelada nítida y vigorosa del cántabro se impone en esta cita a través de una docena de obras de inquietante perfil figurativo, nacidas con conciencia plena de individualidad en ese territorio, tan afecto a la creación auténtica, desde donde sólo es posible la comunión con lo circundante. Se trata de imágenes poderosas que nos dan cuenta de una existencia no irreal por subjetiva y que se exponen ante nuestros ojos sólo para darle la razón a Emerson cuando afirmaba que el mundo es de aquellos «que son capaces de penetrar tras su fachada».

Condensa la representación objetual de Viota un escenario que se vuelve hacia la memoria, el sueño, el mito o la ciencia ficción: se trata de espacios todos ellos primigenios, nutricios donde el creador encuentra materiales propicios para sus fines de elaborar símbolos reveladores de una realidad otra. Se muestra ahí si bien fiel a estos ámbitos a los que nos tenía acostumbrados, sí novedoso, no obstante, en cuanto a los temas y a cierto tratamiento formal: toda vez que el cántabro abandona la temática femenina, sus protagonistas ahora parecen habitar la pista central del circo de la realidad: ahí están el funámbulo que ejerce desde las alturas, la joven contorsionista que se retuerce hasta el descoyuntamiento entre las ruinas o el maestro de ceremonias que todo lo llena con su gran sombrero de copa. Es una realidad que adquiere pátina de densidad, tonalidad existencial, muy a pesar del vital colorismo, cuajada en la desestabilizadora confrontación entre realidad y ficción.

No nos cabe la menor duda de que hay algo prometeico en el obrar de este artista que ha robado el fuego de Zeus para dárselo a sus criaturas, unas criaturas que dejan tras de sí su superficialidad de belleza al uso sólo para apuntar a un sentido oculto de las cosas. Es esa la quiebra con la que Viota no hace sino ratificar, como lo hizo Adorno, la función epistemológica del arte en lo que tiene, a partir de las Vanguardias sin duda, de forma de (re)conocimiento: la genuina experiencia estética rompe la familiaridad que ha hecho posible que el hombre se engañe sobre lo extraño. Es finalidad del arte –puesto que parece opinión consensuada por la contemporaneidad esta de pedirle cuentas a la disciplina– la del asombro; el arte debe asombrar para hacer nuevo el mundo sin distorsionarlo. Con Viota el espectador entrega así su mirada a la inusual incitación de unas imágenes de textura lúdica, provocativa y aun transgresora de lo lógico, o analógico, circundante.

Es esa introducción, o reintroducción, de un objeto de representación extraño e ilógico –aspecto que le sitúa, por otro lado, muy en la línea de creadores como Delvaux o Magritte, producto ambos de una deriva menos radical del Surrealismo– la que pone ante nuestros ojos personajes llevados a ámbitos limítrofes: es el funámbulo que obra su espectáculo planeando sin alambre sobre las cosas, en “Conexión inalámbrica”; es el hombre que oculta parcialmente su rostro tras sus manos cosificadas, en “La sonrisa imposible” o el extraterrestre que se asoma por los tejados circundantes para contemplarnos, en “Poca cobertura”. Personajes todos tras los que se extiende el telón de fondo de una barroca confrontación de elementos contrastados, que, lejos de adquirir tintes dramáticos, toman su sentido en las leyes dialogantes del collage sin sutura, y de ahí el mundo de la naturaleza, simbolizado en su recurrente rinoceronte, frente a la arquitectura tubular industrial –“Almas gemelas”– o el ensamblaje de lo humano y lo animal en la joven que se funde con su perro en una suerte de balsámico abrazo en “Sueño compartido”.

Los personajes de Viota son hombres y mujeres extrapolados de la cotidianeidad inmediata, que buscan el sentido de su existencia transitando por una arquitectura física de tratamiento teatral y cinematográfico, con predominio de estructuras urbanas, donde la variación de escalas nos sitúa inopinadamente ante una jerarquización intensificadora de nuestra capacidad de asombro, una jerarquización que ya no es sólo de temas o de personajes, sino ontológica. Tal es así en “Vigilia”, donde una, en apariencia, recuperada Alicia de Carrol ha crecido hasta límites insospechados sólo para permitir a su creador, y asimismo al espectador, reclasificar aspectos significativos del espacio y del tiempo, que le dejarán, nos dejarán, comprender y asimilar secretos de la realidad. Son personajes animalizados o reificados, seres en definitiva que sobrellevan su humanidad bajo la máscara, que imponen su presencia a golpe de trazo pictórico contundente, tanto al óleo como a la aguada, para dejar posada en nuestra retina una vibración de inquietud ante el mundo que representan, un mundo que, en Viota, se encuentra en perpetuo estado de confrontación con la imaginación.

Sin duda Viota se ha salido de su órbita para indagar en las zonas oscuras del inconsciente y sin duda nos permite mirar lo que hay tras la emersoniana fachada.

Elda Lavín, marzo 2015

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